Es cierto que estas pruebas no necesariamente reflejan la verdadera complejidad del fenómeno educacional. Además, cabe anotar que, en esta misma prueba, nuestro país también fue señalado como uno de los que más progresos han realizado desde el año 2000, cuando se la empezó a aplicar.
No obstante hay que señalar que estos resultados, lamentablemente, se condicen con una percepción generalizada referente a la pésima situación de nuestro sector educativo. Admitirlo así es importante para convencernos de que el Estado y la sociedad deben hacer transformaciones de enorme envergadura al respecto. Es una cuestión de justicia hacia los niños y jóvenes que pasan por las aulas escolares, y al mismo tiempo es un requisito fundamental para lograr el desarrollo.
El fenómeno de la educación está compuesto, obviamente, de muchas dimensiones y no es sensato reducir sus fracasos, o sus posibilidades de éxito, a un solo factor. No obstante, es interesante destacar al menos dos aspectos centrales del problema.
El primero de ellos es la función que cumplen los docentes. Nuestro Estado y nuestra sociedad insisten en una aproximación errónea y también paradójica al respecto. Por un lado, responsabilizan a los docentes casi exclusivamente del fracaso repetido de nuestras escuelas; al mismo tiempo, no hacen nada para mejorar la formación y la condición de los docentes. Doble error. Los maestros de escuela cumplen una función insustituible para el buen encaminamiento de un sistema educativo. Pero no son, de ningún modo, el único factor relevante.
Nuestra educación necesita una inmediata revaloración de la función del docente. Esto se asocia, desde luego, a la cuestión salarial, pues no se puede esperar un buen rendimiento ni exigir una dedicación intensiva a quienes deben multiplicarse en diversos pequeños trabajos para mantener a sus familias. Pero revalorar al maestro implica también mucho más que eso como, por ejemplo, brindar una atención mucho más esmerada al proceso de formación de los futuros profesores de aula, gestar un sistema de capacitación y mejoramiento continuo de sus capacidades profesionales y establecer una dinámica efectiva de reconocimientos y promociones. Necesitamos profesores creativos, conscientes de que su papel esencial es el de formar personas y ciudadanos y no simplemente transmitir de modo superficial mera información.
De otro lado, nuestra educación necesita una vigorosa reorientación de la manera en que se ha comprendido hasta ahora el hecho pedagógico en sí mismo. A pesar de los esfuerzos realizados por la reciente gestión ministerial, todavía predomina en las escuelas peruanas esa noción de la enseñanza y el aprendizaje como una experiencia basada en la autoridad y la obediencia acríticas, en la sola repetición de contenidos y en mera información sin dar mayor lugar a la reflexión y el diálogo. Los escolares peruanos, en los mejores casos, pasan por los colegios, todavía, para recibir datos que no pueden someter a escrutinio o discusión. La figura del maestro de escuela como Domine se halla todavía demasiado presente entre nosotros. Ella debe ser reemplazada por la idea del docente como alguien que enseña a aprender, que educa para el ejercicio de las facultades cognitivas, morales y estéticas; que forma para ser libres.
No es sencillo transformar significativamente un sistema arraigado durante décadas, si no siglos, en nuestras instituciones así como en la imaginación de autoridades y ciudadanos. Pero los sucesivos y sostenidos fracasos en nuestras escuelas ya nos deberían haber convencido de que la tarea es impostergable. Nuestro país necesita, desde luego, una inversión significativa y fundamentales decisiones organizativas para cambiar la educación. Pero antes que nada precisamos de una nueva comprensión del hecho educativo en sí mismo: cambiar nuestra manera de pensar para cambiar nuestra manera de hacer.
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