Viernes, 03 de enero de 2014 | 4:30 am
Ahora sí, oficialmente, algunos peruanos podrán llamar a Nadine Heredia: presidenta. La designación de Nadine Heredia como presidenta del Partido Nacionalista ha sido una movida ¿osada? ¿inteligente? ¿estratégica? ¿arriesgada? ¿peligrosa? ¿justificada? ¿errada?
Empezaremos diciendo que es una decisión de aquellas cuyas consecuencias no son todas visibles ni previsibles de inmediato, sino que se irán decantando en el tiempo, sobre todo a partir de cómo la presidenta y primera dama maneje sus roles.
Está claro que no hay restricción legal para que ejerza uno u otro cargo, ni siquiera ambos al mismo tiempo. Pero como suele suceder en los casos en que el riesgo está en la frontera de la ley con el mal uso de las prerrogativas que la ley faculta, se cierne una sombra de desconfianza. Desconfianza por default político, debido a que hemos sido embaucados muchas veces (en el gobierno fujimorista en especial) con la bandera de la legalidad escondiendo despropósitos, futuras ilegalidades y estratégicas suciedades. Y aunque no sea justo trasladar esa desconfianza a otro gobierno o partido, el antecedente político basta y sobra para explicarla.
Otra cosa bastante clara de esta designación es que el partido de gobierno será el más beneficiado. Aun si no fuera primera dama. Nadine es una mujer inteligente, con mayor sentido de estrategia política, con abrumadoramente más carisma, muñeca y recursos sociales que el actual presidente del país y ex presidente del partido. Lo que explica por qué aun cuando se critica pública y abiertamente su injerencia en el gobierno, muchos sienten una contradictoria tranquilidad en que no deje solo a su marido.
Su designación como presidenta del partido, que ella también fundó, aunque eso no justifique la designación casi a dedo de NH dentro de una estructura partidaria que debiera practicar la democracia interna), muy probablemente le inyectará la sangre que el anémico grupo político ha ido perdido desde su gobierno, y que de no recuperar, al término de su período será solo un nombre con algunos pocos sobrevivientes leales a la pareja y a su propia vigencia política.
Lo otro que está bastante claro es que este nuevo rol le permitirá a Nadine recuperar el protagonismo político que declinó a fuerza de la presión pública, mediática y el banderillazo aprista que marqueteó estratégicamente la etiqueta de “elección conyugal”.
Lo que no está nada claro, y he aquí el peso del riesgo para la democracia, es cómo hará la señora Heredia-Humala para lograr que nos quede claro a los peruanos cuándo es Nadine-presidenta-del-partido, cuándo Nadine-primera-dama y cuándo Nadine-copresidenta. Me temo que es y será casi imposible, no solo para ella deslindar esas fronteras, sino que queden claras para el ciudadano. Mucho me temo que en los próximos meses se habrá añadido un nuevo motivo de ruido político permanente (con rebote al gobierno) y de constante munición para sus opositores políticos.
Este ruido, me temo, será el menos malo de los escenarios: uno en el que las críticas a sus acciones venideras en su nuevo triple rol resulten ser más retórico-políticas que reales, pero generadoras de ruido al fin. Pero en caso las críticas futuras a las acciones de esta trinidad de roles reflejen serias denuncias de prácticas de aprovechamiento de recursos con fines político-partidarios, conflictos de intereses reales, o, finalmente, la realidad de la tan sospechada (e ilegal) postulación de Nadine al 2016, habremos de asistir–peligrosamente– a una profecía cumplida. Estamos atentos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario