Tras la incertidumbre, la usencia de grandes actores y pensadores y los embates de la campaña de desprestigio que enfrentó la democracia por parte del neoliberalismo para consolidar escenarios autocráticos en el último tramo del siglo XX, experimentamos una serie de situaciones-límite que produjeron “un destino singular” sobre los impromptus de quienes gobernaron contra de “la política tradicional”, como si, tras esa denominación, se reunieran todos nuestros males.
Y es que “irrumpir” contra “todo lo anterior”, siempre resulta políticamente rentable en sociedades donde todo está por hacerse y los errores, corruptelas y horrores empañan los tiempos gubernamentales al que se suma ese ímpetu sancionador del que llega, todo lo critica y no exhibe biografía, ni cartas democráticas.
La experiencia del nacionalismo humalista quiso ser un punto de quiebre y terminó quebrando la esperanza. Probó que la falta de claridad en las ideas y el discurso demagógico nos lleva por los inciertos caminos del populismo demagógico, frena cualquier proyecto en marcha y pone en evidencia la naturaleza de esas dramáticas carencias nacionales que tenemos, que no son exclusivamente materiales, pero que tienen que ver con la moral pública y el ejercicio de una más que incipiente ciudadanía democrática.
Tras la propuesta de la Gran Transformación velasquista, el adornamiento de la llamada Hoja de Ruta para ganar a toda costa una elección, la suma de desaciertos e incapacidades que han producido la confrontación del gobierno con todas las colectividades políticas, un clima de desaliento entre la gente se impone, generando una clara conciencia que simple y nuevamente, hemos perdimos el tiempo.
El partido Nacionalista de Ollanta Humala es una expresión política que no despierta adhesiones, agoniza y aúpa lo más incomprensible de la filosofía del etno-nacionalismo-humalista. No tiene un proyecto de desarrollo, ni está dispuesto a continuar el que está en marcha. Somete a consideraciones inexplicables una cultura de impunidad y hasta el ejercicio decente y responsable de la administración pública en la que se va perdiendo todo, absolutamente todo, hasta la vergüenza.
Humala necesitará algo más campañas publicitarias, una agenda social y la pretendida campaña de reelección conyugal que sustenta con fondos públicos. No podrá desviar la atención de la ciudadanía de sus responsabilidades que con amenazas a las libertades y estratagemas neo-chavistas, a estas alturas, francamente, mas parecen una broma de mal gusto.
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