Un tajo de carne
El informe de la Comisión de la Verdad se ha escuchado en un país con asesinos impunes y con centenares de inocentes que purgan largas condenas carcelarias.

“Con medio millón de muertos, cambiamos la historia”: eso es lo que tal vez pensó el líder de la insurrección. Eso es lo que declaró también un general del Ejército encargado de combatir la subversión de Sendero Luminoso en el Perú.

Eduardo González Viaña
CrónicaColaborador
Con generosidad atroz, uno prometía la justicia social luego de una guerra prolongada, y el otro la paz sobre una montaña de cadáveres. De acuerdo con la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, ambos bandos cumplieron con su palabra con la más honesta y laboriosa perversidad.
La CVR culpa a Sendero del 54 por ciento y a las Fuerzas Armadas del 31 por ciento de unas 69 mil personas muertas o desaparecidas. Para que la tarea pacificadora fuera más completa y para completar el cien por ciento, un ejército de autodefensa y dos grupos de criminales, los llamados “Rodrigo Franco” y “Colina” recibieron armas y órdenes de las administraciones de García y Fujimori. Y cuando los gobiernos extranjeros o los organismos internacionales, asombrados por tanta crueldad, expresaban su repulsa, se formaron comisiones investigadoras, se hizo desaparecer los cadáveres o, tal vez, si existe, se recurrió a una tortura más humana.
Esta catástrofe se produjo durante tres gobiernos constitucionales que, según la misma fuente, subordinaron la autoridad civil y las leyes de la república a la férula de las fuerzas de seguridad en su estrategia de muerte y demolición. Esta solución, compartida por el Estado y sus enemigos, no es nueva ni necesariamente peruana. Es el tajo de carne que soluciona cualquier problema. Es el remedio de Shylock.
En la escena de Shakespeare, Shylock, el avaro prestamista, establece en una cláusula que, en caso del incumplimiento de su deuda, Antonio tendrá que saldarla con una libra de su propia carne. El mercader de Venecia tiene que aceptar esa condición para recibir tres mil ducados que son esenciales para sus negocios.
Pero una tempestad causa la bancarrota de Antonio y lo convierte en deudor moroso. Diversos personajes tratan de interceder a favor del condenado y ofrecen incluso una suma doble de la adeudada, pero Shylock se cierra en que la ley lo ampara y en que debe ejecutarse de inmediato la cláusula penal. Para él, como para muchos, un tajo de carne humana es la solución de cualquier problema.
La bella, inteligente y ciertamente experta en derecho, Porcia, interpreta la ley veneciana y le muestra el otro filo de la misma al agiotista: Muy bien, Shylock debe cortarle a Antonio esa libra de carne para hacerse pago de la deuda, pero tendrá que obtenerla de un solo tajo y sin efusión de sangre.
La ley siempre tiene un reverso. Lo que sobre o falte de la carne le será cortado a Shylock.
El informe de la Comisión de la Verdad se ha escuchado en un país con asesinos impunes y con centenares de inocentes que purgan largas condenas carcelarias. El tajo de carne fue expuesto muchas veces como solución por un presidente semianalfabeto.
El terrorismo de Estado que él preconizó tiene seguidores que incluso han formado un partido. Eso es una incongruencia. Si se persigue el terrorismo, no se entiende cómo ese partido es aceptado, y su lideresa es invitada a una cita con el primer ministro que ella desdeña retrechera. ¿Será que el terrorismo de Estado es aceptable en el Perú de hoy?
Un tajo de carne no soluciona ningún problema. Ni un país se torna socialista, ni la paloma de la paz llega volando. Más bien, hay necesidad de más y más tajos de carne; la tierra, en vez de papas, produce calaveras; y el dolor y el odio, hermanados para siempre, suplantan la prédica del perdón y del amor presentes en las lecciones del dulce rabí de Galilea.
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