Túpac Amaru y la rebelión que marcó la debacle del Virreynato
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El cerro Puquín es uno de los mas urbanizados de la ciudad de Cusco y es reconocido ahora como la vía por donde discurre el tren que va y viene de Machu Picchu cargado de turistas peruanos y extranjeros. Pero el 10 de enero de 1781 fue escenario de la debacle de la rebelión de Túpac Amaru II cuando, luego de varios días de asedio sobre la urbe, una contraofensiva realista arrasó con los milicianos rebeldes.
Testigos presenciales describen al líder rebelde vapuleando desesperadamente a sus soldados. Sin embargo, “se les rebelaron todos, tratándole de engañador, especialmente los indios de la Provincia de Tinta”, según afirman testimonios de la época.
Fue el principio del fin. Semanas después, la esposa del líder rebelde, Micaela Bastidas, gestora de la logística de los rebeldes, fue capturada cuando escapaba con todos sus tesoros. Días después cayó el propio José Gabriel Condorcanqui.
El resto es historia conocida… al menos, eso es lo que dice la versión oficial.
Lo cierto es que el martirio de Túpac Amaru y su familia acabó con la rebelión en el sur de Cusco pero radicalizó la revuelta en todo el perímetro del lago Titicaca y en toda la meseta del Collao, incluyendo Charcas, la actual Bolivia.
¿Qué pasó en cerro Purquín? Tupac Amaru II sufrió la deserción de sus milicianos y quedó desalentado porque esperaba el apoyo masivo de los cusqueños. Sucedió todo lo contrario. La población indígena enfrentó el cerco rebelde hombro a hombro con criollos, españoles, las tropas de mulatos procedentes de Lima y hasta curas y monjas que dejaron sus claustros para enfrentar a los rebeldes.
Pero el historiador Charles Walker añade otro factor desetabilizador: “La disentería golpeó al campamento rebelde”. Y lo sustenta con testimonios descubiertos durante su ardua investigación para el libro La Rebelión de Túpac Amaru, cuya versión en castellano, editado por el Instituto de Estudios Peruanos, será presentada el próximo 26 de julio en la Feria del Libro.
El propio Walker cita un viejo axioma militar para explicar la derrota de Túpac Amaru en las puertas de Cusco: “los aficionados hablan de estrategia, los expertos de logística”. Y aquí resalta el papel de Micaela Bastidas. Fue ella, además, quien insistió con su marido en atacar Cusco.
La pregunta de rigor es ¿Bastidas falló en armar la logística de los rebeldes o fue el propio Túpac Amaru quien la hizo muy larga para atacar Cusco?
“Creo que sí –responde Charles Walker– Túpac Amaru II demoró mucho en atacar la ciudad de Cusco. Se preocupaba de un ataque desde el sur y quería reclutar en esa zona (los poblados alrededor del lago Titicaca) muy propensa a la rebelión. Y como resalto en el libro, sus seguidores tenían una visión más radical. Por ejemplo, querían matar a todos los españoles y no querían respetar a la iglesia necesariamente”.
¿Una cruzada contra los borbones?
Ahora sabemos además que Túpac Amaru y Micaela Bastidas eran profundamente realistas y católicos. Jamás cuestionaron el poder del rey y hubo situaciones en las que los rebeldes respetaron la vida de los sitiados solo porque se refugiaron en la iglesia. Ser excomulgado fue un duro golpe para el líder rebelde. Además, existe información y declaraciones de que hubo violencia doméstica.
“Sin duda hacen falta más investigaciones –reconoce el autor– Pese a los testimonios no estoy convencido de que Micaela fue capturada por no abandonar sus tesoros. Los realistas tenían una caballería notable y ofrecieron una gran recompensa por la captura de José Gabriel y Micaela. Como sostengo en el libro, llama la atención que nadie ha tratado el tema de la supuesta violencia doméstica y la agresión de Condorcanqui a su esposa. En su correspondencia se notaba que se adoraban; ¿era tan común la violencia del esposo a la esposa que se consideraba natural? Con la excusa del ‘amor andino’ los historiadores no hemos indagado lo suficiente”.
En el libro de Walker podemos leer que los milicianos rebeldes ostentaban una cruz de papel o de paja en su atuendo militar. Y se afirma que el propio líder se quejaba que “la incesante explotación de los españoles impedía a los indios desarrollar la fe verdadera”.
Hasta provoca pensar que la rebelión fue una cruzada contra los borbones que gobernaban España y que en América cargaron con impuestos a la población y llegaron a cuestionar el poder de la Iglesia.
Cuando le consultamos al autor sobre esta posible “cruzada andina”, nos dijo que “sí, pero como aclaraba Alberto Flores Galindo, fue el contexto y no la única causa. Esa explotación existía en toda la zona andina. Yo me pregunto ¿por qué surge al sur del Cusco y en Charcas con los Kataristas? Es necesario indagar sobre la historia local, el flujo de las ideas subversivas, y las mismas vidas de José Gabriel Condorcanqui y Micaela Bastidas.
Túpac como símbolo
La rebelión de Túpac Amaru fue rehabilitada durante el gobierno militar del general Juan Velasco Alvarado, quien convirtió al líder en símbolo de su revolución.
Esta intromisión oficialista ¿tergiversó la verdadera historia de la rebelión?
Esta intromisión oficialista ¿tergiversó la verdadera historia de la rebelión?
Para Walker “siempre hay que cuestionar la versión oficial y en este caso hay varias historias oficiales de la rebelión. Velasco Alvarado utilizó a Túpac Amaru como su gran símbolo pero dejó trabajar a los historiadores. Todo indica que el equipo de la Colección Documental de la Independencia Peruana -CDIP- tuvo libertad de acción. Incluso, el equipo incluyó a historiadores conservadores que no apoyaban al proyecto del gobierno militar pero sí querían colaborar”.
En sus investigaciones en el Archivo de Indias, Walker descubrió que hubo secciones que no fueron consideradas por los historiadores de la CDIP. Al respecto, el autor recuerda que “no se incluye el juicio completo a Micaela Bastidas. Se nota que los que recogían o recopilaban fuentes perdían interés si no aparecía José Gabriel Condorcanqui o, en un segundo plano, Micaela Bastidas. Sin embargo, el esfuerzo y la importancia de esas colecciones fueron enormes. Para el investigador, es un excelente comienzo”.
Las rivalidades
A José Gabriel Condorcanqui –sus familiares en Tinta y Tungasuca lo llamaban “Pepe”– no le fue bien en el juicio para demostrar que era descendiente directo del inca Túpac Amaru I. Poco antes de su rebelión, permaneció en Lima –vivió en una casa vecina a la actual Av. Abancay– y regresó a Cusco sin la sentencia confirmatoria. De ahí que cabe preguntarse si, desde un punto de vista estrictamente legal (la Justicia del siglo XVIII), Pepe Gabriel Condorcanqui mereció el sobrenombre de Túpac Amaru II.
Walker cree que sí. “Probó que era descendiente de Túpac Amaru I, aunque en el momento algunos dudaban de su linaje. No era una invención, pues parientes suyos también habían utilizado el nombre”.
Sin embargo, en el libro de Walker se puede leer que don Diego Choquehuanca, descendiente directo de la casta real incaica e influyente vecino de Puno, no apoyó a Túpac Amaru II y se enfrentó a la rebelión, perdiendo dos hijos en los combates.
Walker ensaya una explicación: “Muchos ‘Incas Reales’ lo vieron como un inferior y no apoyaron a la rebelión. Mateo García Pumacahua es otro caso fascinante. Al oponerse a la rebelión de Túpac Amaru II, le dio a los realistas un elemento de capacidad guerrillera (rapidez, conocimiento del terreno, etc.) que caracterizaba y favorecía a los rebeldes”.
El autor afirma que Mateo Pumacahua merece más investigaciones. “Hace falta estudiar la rebelión de los hermanos Angulo en 1814 y el papel de Pumacahua. Es fascinante. Fue el gran represor de Tupac Amaru II y treinta años después, a los 70 años de edad, levanta en armas contra la corona y muere ejecutado. La ironía y la tragedia se confunden”.
“Los kurakas del valle –como Pumacahua en Urubamba– consideraba a los de la zona de Tinta y las provincias altas como inferiores. Además, apoyar o no la rebelión era una decisión difícil. Ellos, los kurakas reales, tenían ventajas en el sistema colonial y sabían perfectamente lo que iba a pasar si perdían. Seguramente fue muy duro para ellos tomar partido y muchos, a pesar de apoyar a los realistas, ven que su estatus como intermediarios y hasta sus grados de nobleza decaen en los años posteriores. Terminaban perdiendo”.
Walker tiene la esperanza que su libro incentivará nuevas investigaciones: Micaela Bastidas y el rol del género en el alzamiento. El papel de la Iglesia Católica. La relación entre tupacamaristas y kataristas y rebeliones alrededor del lago Titicaca, como el liderado por Pedro Vilca Apaza.
El “Síndrome de Lima” y la violencia en la Meseta del Collao
El Síndrome de Estocolmo es la simpatía de los rehenes por sus captores, pero ahora también se habla del “síndrome de Lima”, es decir, todo lo contrario: la simpatía de los captores por sus rehenes. Y lleva el nombre de Lima porque se identificó durante la toma de rehenes por el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru en la embajada de Japón.
El autor afirma que Túpac Amaru II y Micaela Bastidas sufrieron el “síndrome de Lima” pues terminaron simpatizando con sus rehenes, entre ellos autoridades españolas y criollas, que luego terminaron tracionándolos.
Violencia Y Geografía es uno de los mejores capítulos del libro. A la espeluznante ejecución del líder rebelde y de su esposa, se sumó una espiral de violencia reflejada en la ejecución de todo prisionero y en escenas de horror durante las sucesivas rebeliones en el altiplano. “Bastaba usar camisa” para ser asesinado por los rebeldes. Mujeres y niños fueron lanzados a las aguas del lago Titicaca solo por su condición de mestizos, criollos o españoles.
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