sábado, 9 de agosto de 2014

Hiroshima

Hace 69 años, el 6 de agosto de 1945, las compuertas del bombardero “Enola Gay” se abrieron para dejar caer un artefacto negro y cabezudo sobre la ciudad de Hiroshima. Lo habían bautizado “Little Boy”, y era la primera bomba atómica que se utilizaba en la historia de las guerras humanas.
La carga detonó al tocar suelo, produciendo una luz cegadora y una reacción en cadena que se saldaría con 150 mil víctimas, entre los muertos por la explosión y quienes lo harían en las próximas semanas, a consecuencia de sus quemaduras y de la radiación. Además ocasionaría la destrucción de cuanto quedaba en pie en la ciudad, tras meses de bombardeos. Solo 3 hospitales pudieron atender a las oleadas de heridos y moribundos.
Una noticia de esa magnitud y relevancia merecía un reportaje a la altura. Lo escribió John Hersey, que durante tres semanas visitó la ciudad para recabar toda la información posible. Considerada la mejor pieza de periodismo americano del siglo XX, “Hiroshima” contaba ese día a partir de los estremecedores testimonios de seis sobrevivientes. Así le ponía carne y hueso a lo que, visto desde la distancia, parecía una entelequia.
Luego de un intenso debate entre sus editores, “The New Yorker” decidió dedicarle exclusivamente sus 150 páginas al texto, que salió publicado el 31 de agosto de 1946. Con una prosa precisa, aséptica y elegante, el libro despertó la conciencia crítica de muchos americanos, que hasta entonces permanecían ignorantes de los horrores ocasionados por la decisión de lanzar la bomba. Como bien dice Juan Gabriel Vásquez, autor de su traducción más reciente, así como de “Hiroshima y la mentira atómica”, incluido en su selección de ensayos “El arte de la distorsión”: “El libro vino a llenar una laguna. En medio de las reflexiones por escrito posteriores al 6 de agosto del 45, en medio de la obsesión por justificar la bomba como abstracción bélica o instrumento de la venganza merecida, casi nadie en Estados Unidos se paró a pensar que debajo de la bomba había gente. Hersey lo hizo”.
Sumado a la posterior publicación de documentos clasificados, “Hiroshima” alentó un debate que ha proseguido con los años, y que se resume en una serie de preguntas sencillas en apariencia: ¿Era necesario ese despliegue de fuerza para acabar con la guerra? ¿Es cierto que la explosión de “Little Boy” ahorró la muerte del millón de soldados americanos, que se calculaba morirían durante el año que faltaba de ofensiva hasta Tokio? ¿O estaba ya el ejército imperial japonés vencido y sin capacidad de respuesta, como todo parece indicar? ¿Era más bien una muestra de poder colosal pensada por las autoridades de los Estados Unidos como un mensaje a la Unión Soviética, como se especula?
En 1985 John Hersey volvió a Hiroshima para buscar a los sobrevivientes de la bomba que había entrevistado y seguían vivos, y para recoger los testimonios de los familiares de quienes habían muerto. El resultado fue “Hiroshima: Las secuelas”, publicado por “The New Yorker” y añadido como apéndice en las subsecuentes ediciones del libro. Hersey escribió luego: “Lo que ha mantenido al mundo libre de la bomba desde 1945 no ha sido la disuasión, en la forma del miedo a alguna clase específica de arma, sino la memoria. La memoria de aquello que ocurrió en Hiroshima”

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