Por: Juan Carlos Tafur
La transición económica ha alcanzado si no un grado de unanimidad, sí un gran consenso. De algún modo, este 75% que ha votado en la primera vuelta por candidaturas de la derecha lo hace porque se siente a gusto con el modelo.
Las reformas estructurales iniciadas en los 90 y mantenidas en pie los quince años de la transición han generado consecuencias irre versibles, tanto así que inclusive una candidatura antisistema como la de Ollanta Humala terminó convirtiéndose en un régimen prosistema.
De otro lado, hay un inmenso malestar respecto de la transición política democrática, con ingentes bolsones ciudadanos irritados hasta el extremo por la precariedad institucional, reflejada, entre otros síntomas, por el colapso de los partidos tradicionales.
En principio, todo lo bien que ha funcionado la transición económica no lo ha hecho la política, poniéndonos al frente una situación calamitosa, que genera disconformidad ciudadana.
No obstante ello, llama la atención ver cómo la ciudadanía es felizmente hipersensitiva frente a cualquier atisbo autoritario – ello se ha visto claramente expresado en esta campaña–, pero no lo es en la misma proporción cuando está frente a eventuales perforaciones al modelo económico.
Ninguna de las muchas iniciativas populistas sugeridas por los dos candidatos que compiten en la segunda vuelta electoral ha despertado el revuelo que sí han generado las tensiones o riesgos advertidos respecto de la vigencia del ‘modelo’ democrático o amenazas autoritarias en su contra.
A pesar de ser éste un momento histórico, resultado de conciliar democracia con crecimiento económico, como nunca antes, solo parecen enervarse los ánimos cuando de afectar el orden democrático se trata, pero menos vigilancia existe para salvaguardar lo que mejor ha ido, como es el modelo de mercado. O la gente reacciona más frente a lo que es deficitario o los éxitos respectivos no son tan sólidos como se piensa.

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