Un conocido sociólogo lanza la tesis de que el fujimorismo es un nuevo y “tumultuoso fenómeno social emergente”, resultado de los pequeños negocios y el empleo precario, que encuentran en dicho movimiento su representación política.
Mutantes con “una concepción distinta del bien común”, que la mayoría de analistas no entienden, porque no estudian “las capas geológicas” de las que provienen.
La afirmación resulta bastante arriesgada, pues que se sepa, el fujimorismo tiene más de un cuarto de siglo actuando. Lapso en el que gobernó diez años, en los que destruyó las instituciones, abatió la moral pública, organizó un narco estado, asesinó y robo, al punto de tener a su fundador, sentenciado a 25 años de prisión,
¿Sabe por casualidad el nuevo intelectual fujimorista, cuántos militantes tiene su poderosa fuerza? Apenas 4500. ¿Tiene noticia de algún congreso o evento relevante de tan notable organización? Por supuesto que no, por la sencilla razón de que no existen. ¿Conoce siquiera a líderes elegidos en los diferentes estamentos del partido? Seguro que tampoco los descubrió en el carísimo coctel al que asistió, porque todos son puestos a dedo por el clan familiar.
No entiende quienes son sus “mutantes”: los mineros ilegales, los transportistas informales, los dirigentes mafiosos de construcción civil, los senderistas “verdes”, las bandas de narcos, los religiosos fanáticos ultra reaccionarios. La crema y nata del capitalismo salvaje, que rechaza las leyes, los impuestos, la vida institucional.
Qué el capitalismo hirsuto, avasallador, donde se impone el lucro y la desesperación por la sobrevivencia, sea muy fuerte, es un dato de la realidad. Representa más del 70% del aparato productivo. Se trata precisamente de la más grave contradicción que enfrenta el Perú.
Talcott Parsons, el gran sociólogo estadounidense, decía que era imposible que una sociedad funcione cohesionada si no sabe distinguir lo legal de lo ilegal. Para el fujimorismo, la ilegalidad, la informalidad, es su marca de fábrica.
Nuestro amigo parece no enterarse de los oscuros financiamientos de su candidata. Cierra los ojos para no ver al secretario general investigado por lavado de activos o al único vicepresidente que le queda, porque el otro ya fue expulsado por violar la ley electoral, fraguando grabaciones para obstaculizar la administración de justicia.
Tampoco toma en cuenta de que su nueva lideresa, defiende a rajatabla la inocencia de su condenado padre. Ni piensa por un momento dónde fueron a parar los 6 mil millones de dólares saqueados al erario público.
Subordinarse a tales mutantes, que no respetan los valores republicanos porque hay quien desde el poder los pisotea, no es más que adherirse al país del yo hago lo que me da la gana porque quiero ganar dinero.
No es la narración hipotética de una “dictadura sangrienta”, lo que une a las fuerzas democráticas, sino el rechazo decidido a quienes hacen política desde las casas de los malditos de Bayóvar.
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