miércoles, 9 de diciembre de 2015

Señores, este país se va al carajo


La Vanguardia


No hay pueblos inocentes, hay pueblos irresponsables. Un día descubrimos que nuestra sociedad civil, que estaba en boca de todos como ejemplo de cultura, mecenazgo y espíritu emprendedor, estaba representada por un estafador de tres al cuarto, zafio y sórdido, por buen nombre Fèlix Millet, cabeza de una institución, modelo y pasmo no sólo para los paletos españoles sino de toda Europa. El Palau de la Música Catalana.
No cabía preocuparse. Nuestro Gran Timonel sabía moverse en el mar de los Sargazos en los que estábamos metidos por las ovejitas blancas del patriotismo que tenían la carne muy negra; pero claro eso del color del dinero sólo lo sabemos cuando les apuramos la lana. Ya lo descubriría él, portavoz de la ética y la dignidad. ¡Y zas! Resulta que el Gran Timonel llevó el barco 22 años con un plantel de marineros sumisos y una tripulación despreocupada ante aquel brujo irritable salido de las entrañas de un país que había roto la maldición del poeta Espriu. Ahora éramos educados, tranquilos y limpios.
El día que se expuso, cual ecce homo, para explicarnos la cándida historia de una herencia paterna, empezó la danza de los siete velos. Cada día que pasaba se desnudaba más; primero era un hijo que le salió mal, luego dos, más tarde tres y así sucesivamente hasta convertirse en una familia mafiosa donde él ejercía de capo y su señora de “tabernera del puerto”. El Gran Timonel había estado durante 22 años en el puesto de mando; un delincuente, capo di capi. La sumisión se cobraba; otorgaba garantía de por vida. La insumisión, apenas visualizada, era desterrada o silenciada. Jordi Pujol, el Gran Timonel, se encargaba de quitarte el pasaporte de catalanidad sin el cual pasabas a ser un sin papeles social.
A él se debe la primera clasificación entre catalanes de primera y aspirantes, pero como era listo, astuto y conocía los límites en los que se movía, tenía muy arraigado el sentido del ridículo. Sabía diferenciar lo que decía en público de su genuino sentir privado. Y llegó Artur Mas. Uno de esos personajes que descubrió la Catalunya política cuando sus negocios no iban bien y la cosa pública podía traducirse en una salida. Después del Gran Timonel llegaba el Profeta, y como todo profeta, muy sensible a la actitud de los rebaños humanos. Mientras hubo dinero que repartir fue generoso con los llamados “movimientos ciudadanos independientes” y con los medios de comunicación no menos independientes. Pero su partido, minado por la corrupción y el desprestigio –aún tiene su sede central embargada–, fue perdiendo base social al tiempo que se radicalizaba.
El hombre que menos idea tenía de Cataluña y de su historia era el que asumía con mayor vigor las nuevas tesis independentistas. Fue de fracaso en fracaso hasta la miseria final, en la que estamos instalados. Primero fue Ítaca, lugar y referencia cultural absolutamente alejada de su simpleza; la cantaba un bardo local y eso bastaba. Con la conciencia, nada poética, de que si le apean de la Generalitat acabará procesado por alguno de los cien agujeros que acumula su partido y su persona. Ahora bien, la vida sigue. Un día la presidenta del Parlament declara la República Catalana, otro una mayoría de tribunos deciden desconectar con las instituciones españolas. Pero no pasa nada, porque la chica alega que se trata sólo de un deseo. Y el reto parlamentario, una “simple instrucción indicativa”.
Antes, se habían montado unas elecciones con carácter plebiscitario que no lograron los objetivos perseguidos, como reconocieron los organizadores por la noche. Pero el día siguiente les trajo mayores ínfulas. O ahora o nunca. La independencia por vía fulminante. Y aquí es donde se rompe la baraja; el matrimonio Convergència-Unió Democrática se separa, y Convergència se bautiza como Democràcia i Llibertat (¿sin Catalunya?), mientras en un triple salto mortal del oportunismo inician conversaciones “secretas” –nadie sabe ni dónde, ni cuándo, ni siquiera el qué– con la CUP. Conversaciones que se pueden resumir de este modo: os lo prometemos todo, pero dejadnos a Mas.
Nunca en la historia de la Catalunya contemporánea se llegó tan lejos en el chalaneo y el ridículo. Un partido corrupto y sin norte, de derechas de toda la vida, tratando de engatusar a un grupo de extrema izquierda para que avale un día, basta con un día, al hombre que representa todo aquello contra lo que aseguran combatir.
Esa sensación de que este país se va al carajo la aprecia cualquiera con tan sólo seguir a los brillantes analistas mediáticos. Ellos que animaron a ir cuanto más lejos, mejor, ahora resulta que están despistados, un poco angustiados, porque la prepotencia y la complicidad han ido demasiado lejos, tanto, que peligra su engrasada maquinaria de adulación al poder, sea el que sea. La casualidad hizo que hombre tan cauto como Josep Ramoneda diera una conferencia en Pamplona, un día antes que yo. Afirmó que su voto se lo dio a la CUP. Nada que objetar. Está en su derecho, pero los deberes de quienes escribimos hay que explicarlos. Para eso nos pagan.
Quizá el mayor problema de este país que se va al carajo sea el de la frivolidad. Somos tan latinos, tan mediterráneos, que estamos a punto de crear una gastronomía política basada en platos improvisados. Como somos geniales y las cancillerías, como dicen los pedantes, están pendientes de nosotros, cabe decirles que la política catalana cada vez cuenta menos en el marco español o foráneo. Y lo que es más grave, que esa especie de retablo navideño en el que se exhibe nuestra clase política está obsesionada con las elecciones españolas del próximo 20 de diciembre.
Los diarios, los grandes diarios, no se definen por sus noticias, ni por sus colaboradores, lo que más huella dejan son los editoriales y, aún más si cabe, las cartas al director. Suelo echar una ojeada a las cartas al director porque soy un veterano y sé cómo se seleccionan, con qué criterios y demás detalles que a más de uno le sorprendería. En ocasiones son frente de batalla o espejos de una situación. ¿Se acuerdan en las épocas del “oasis catalán” la discusión sobre los calcetines de rombos? ¿O de aquella otra, sobre el modo de colocar el papel higiénico?
Ahora llueven en los diarios las cartas sobre la CUP y a tenor de algunos informadores parece que se ha desatado una guerra contra “el mundo cupero” (sic). No se desanimen porque pronto llegará el momento que “las tribus cuperas” se apacigüen. El efecto Artur Mas está más en decadencia en la sociedad que en los medios de comunicación; se nota que las ayudas trabajan en onda larga.
El otro día leí una carta al director firmada por un tal Jordi Acero, o lo que es lo mismo, Jordi Stalin, que sería la versión en ruso. Basta con citar su comienzo y su final. Son antológicos de la vuelta al mundo franquista o carlista, y de la ruptura de una sociedad donde vuelven los hombres con cerebro de acero inoxidable:
“Es la primera vez que escribo en castellano, lo que refleja mi estado de ánimo”. (¡Los ánimos lingüísticos! ¡Ya será menos!, exagerao.) La asamblea de la CUP en Manresa le ha parecido una traición a Catalunya y a Artur Mas. Todos los párrafos son del mismo jaez, pero termina con esta perla de la prosa de antaño: “Dicen –son habladurías– que algunos, después de la asamblea, corrieron a tomar el AVE de vuelta a Madrid”.
Este es el sustrato, llamémosle político, que nos han dejado por el Gran Timonel y luego el Gran Farsante; la creencia de que somos únicos y que no nos arredra nada, salvo nuestro propio miedo. Hay quien piensa que la independencia es como un partido del Barça; hay quien cree que le consentirá librarse de la cárcel; hay a quien le suena como una canción. Todo vale, por qué no. Lo difícil es cómo se van a recomponer los pedazos de un país que se jactaba, con razón, de modelo de convivencias políticas, lingüísticas y culturales.

Nos han robado la memoria

Nos han robado la memoria



El saqueo comenzó en tiempos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher mediante la implantación por las bravas de su ideología neoliberal, contando con la ayuda inestimable del pensamiento lúdico preconizado por las diversas filosofías posmodernas que fueron creando un ambiente dulce y receptivo a sus tesis incluso dentro de de las izquierdas internacionales más laxas o acomodaticias.
Esa alienación naciente y asunción pasiva de la conciencia vicaria, estética y festiva de las elites dominantes caló hondo en las masas a pesar de que se iba instalando de manera subrepticia un vaciamiento de la memoria colectiva a través de una inseguridad global inducida por el fenómeno terrorista y una precariedad vital consecuencia directa de las reformas laborales tendentes a hacer del trabajo un bien más escaso que nunca y sin derecho alguno contractual a reivindicar por parte de la clase obrera.
Lo público se desmanteló con saña milimétrica bajo la excusa de una libertad individual falseada favorable al nuevo orden mundial de desigualdad creciente y competitividad feroz por un empleo de calidad ínfima y temporal. No obstante, lo más importante fue la pérdida paulatina de la memoria histórica de las clases trabajadoras. Sus fundamentos propios se abandonaron por un futuro permanente de inseguridad personal y de precariedad total.
Sin la memoria no podemos ser fieles a nada, ni siquiera a nosotros mismos. Siguiendo este marco de referencia, los principios éticos y morales se desvanecen y el olvido ocupa el campo dejado en barbecho por la historia, las contradicciones sociales y el interés político. Ni siquiera nos queda el presente porque para vivir en él es necesario tener convicciones de lo que somos y de nuestros orígenes históricos.
En ausencia de la memoria vagamos en un mar de dudas y zozobras, braceando en la realidad que supera todas nuestras expectativas de análisis crítico y comprensión de la misma. No somos nadie en la tierra confusa de la nada absoluta. Tampoco podemos acudir a mirar el horizonte con cierta esperanza de mejora o abrazarnos a una utopía de consuelo con el fin de conjurar los enigmas indescifrables de la vida actual: el presente se ha evaporado al borrarse la memoria de cuajo.
Desde esta óptica existencial de no saber que éramos y somos, tenemos que entregarnos con furor al futuro permanente, un no-lugar de deseos constantes y rutas que no llevan más allá de la supervivencia inmediata. Esa nada absoluta hay que llenarla con celeridad súbita de algo, un algo abstracto que distraiga la ansiedad generalizada por alcanzar un salario de miseria y una capacidad de consumo mínima que nos mantenga en un estatus ficticio de ciudadanía libre y activa.
Mientras tenemos empleo y compramos fetiches, somos alguien, pero no alguien fijo y dueño de su propio destino. El destino último es siempre seguir buscando trabajo, haciendo cursos de preparación y deseando una mercancía nueva. El interregno entre uno y otro contrato laboral es puro e incesante porvenir que jamás llega a alcanzar una sustancia suficiente para transformarse en vivencia plena, memoria consciente y conocimiento social útil.
Transitamos en un absurdo que abarca una totalidad inmensa: somos fieles a un encuentro que jamás sucederá. Eso es el futuro permanente, habitar una entelequia vaporosa, inefable, un caminar flotando donde no existe ni punto de salida definido ni una meta de llegada concreta. Estamos ante un mundo sin valores, solo sustentado en meros impulsos ajenos a un sentido histórico y cultural de la existencia humana.
Esa ruptura dramática de la memoria ha roto los nexos entre el individuo y la sociedad. De ahí la sensación de abandono y de neurosis compartida en soledades que jamás entran en contacto directo y empático. Hemos dejado de ser fieles a nuestros pensamientos más profundos y a nuestra posición social. Nadie puede reconocerse en mitad de una vorágine multitudinaria en la que cada uno va a lo suyo y los mensajes son tantos, superficialmente bellos, creativos y punzantes, que nos vemos incapaces de ver la verdad intrínseca que subyace tras la compleja realidad que nos contiene. Nos hemos traicionado, en suma. Y lo peor de todo, ¡en nombre de la libertad capitalista!
La inseguridad mundial se ha sintetizado en la amenaza difusa del terrorismo. Se pretende que el terror lo explique todo. Mientras se lanza esta idea a diestro y siniestro, las desigualdades aumentan y la pobreza se dispara hasta cotas nunca vistas. El fantasmal y malvado enemigo externo nos permite interiorizar nuestro propio malestar como una situación pasajera y no estructural. Vendrán épocas más felices cuando eliminemos al fatal adversario. De eso se aprovechan las elites mundiales para redirigir los temores de las masas hacia sus intereses financieros y económicos. El terrorismo viene bien a las multinacionales y a los índices bursátiles: del caos y el miedo se nutren ingentes beneficios empresariales y sistémicos. El mundo continúa girando igual que antaño a remolque de la infernal rueda voraz del capitalismo.
Por lo que se refiere a la precariedad laboral, es otro factor relevante de la globalidad en que nos hallamos inmersos. Que nadie tenga un trabajo para toda la vida ni pueda echar raíces en una sociedad estable, justa, fraternal y solidaria es un principio primordial del nuevo orden a escala internacional. Basando el modus vivendi en la competitividad extrema y la escasez calculada del empleo, a la gente no le queda más remedio que tomar las migajas al precio y salario que sea menester. Sobrevivir es lo máximo a lo que puede aspirarse.
Con ser mucho, la privatización sostenida de lo público no es lo más grave del asunto. Reside en el vaciamiento controlado de la memoria colectiva el punto crucial del momento que ahora vivimos. Somos multitud los damnificados por el neoliberalismo, pero grey amorfa sin pastor ni ideas claras y propias. Vivimos prisioneros de un redil sin contornos ni límites conocidos. ¿Cómo salir de una cárcel ideológica que no cuenta con puertas de acceso evidentes ni estructura material obvia?
Solo la memoria nos hace plenamente humanos y conscientes de nuestra realidad, otorgando sentido histórico a nuestra existencia colectiva y particular. Escapar del futuro permanente es posible, pero antes deberemos recuperar la voluntad de ser fieles a nosotros mismos. Tarea urgente si no queremos ser convertidos en prescindibles comparsas del mundo que hoy está construyendo el neoliberalismo desde el miedo y el caos gestionados por los intereses nunca explícitos de los poderes fácticos que dominan los mercados opacos del dinero, las ideas culturales y la ideología hegemónica.
Esa es la batalla decisiva que hay que librar ya mismo: memoria colectiva contra la fugacidad del futuro permanente.

fuente:
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=206449
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


No hay comentarios:

Publicar un comentario