domingo, 7 de febrero de 2016

Rubén Darío visto por Vargas Llosa en 1958


El autor, literato nicaragüense, es académico de la lengua española y participó como expositor en un ciclo organizado por la Embajada de su país en el Perú, como homenaje a Rubén Darío por cumplirse 100 años de su deceso.
Rubén Darío
Jorge Eduardo Arellano
Cuarenta y un años después de su defensa, fue editada en Perú la tesis de Mario Vargas Llosa: Bases para una interpretación de Rubén Darío (Lima, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2001): un volumen de 177 páginas que vincula a los nicaragüenses con el escritor excepcional y premio Nobel. Con ella, Vargas Llosa optó al título de Bachiller en Humanidades. Tres maestros contribuyeron a su realización: el historiador Raúl Porras Berrenechea, quien le facilitó primeras ediciones de Darío; el literato y político Luis Alberto Sánchez, en cuya cátedra de Literatura Americana se inició la tesis; y el poeta Augusto Tamayo Vargas, siempre oportuno en su consejo y ayuda.
Fue una lástima que este ensayo juvenil ––lo escribió a los 22 años–– no haya visto luz a raíz de su defensa universitaria. La valoración del autor estudiado se habría enriquecido. Vargas Llosa estaba al tanto de la crítica sobre Darío y el modernismo publicada hasta entonces. Desde luego, leyó a fondo la edición de los Cuentos completos (1950), recogidos por Ernesto Mejía Sánchez y estudiados por Raimundo Lida. Pero todavía en 2001, cuando lo editó la Universidad Nacional de San Marcos, conservaba su vigencia interpretativa.
Consta de cinco capítulos: I. La indecisión inicial; II. El impacto de Zola. La experiencia de “El Fardo”; III. El origen de una vocación. La aptitud formal; IV. La consolidación de una vocación y V. La presencia de Zola en la obra de Darío (el más extenso y acabado); finalmente, unas conclusiones, en las cuales resume sus puntos de vista.
Vargas Llosa no aborda la obra del poeta sino la construcción de Darío como artista. Lo analiza, principalmente, como narrador, sin prescindir de algunos versos que confirman su análisis. Trata del desarrollo de una vocación similar, en su origen, a la suya. “Un drama familiar, que se le revela sorpresivamente en la niñez, arroja a Darío en la soledad, y en ella descubre en sí mismo una aptitud para escribir, a la que se entrega totalmente, porque le ayuda a soportar y mantener esa soledad”.
Ahora bien: su vocación es de índole eminentemente formal, predispuesta al esteticismo (“la realización de la belleza” ante todo) y no se define sino hasta 1887. Entonces escribe el experimento naturalista a lo Emilio Zola de “El Fardo”, el único cuento realista de Azul… (en el cual somete la literatura a la realidad), tendencia que inmediatamente abandona en los otros ocho cuentos del mismo librito catapultante de 1888. Zola, pues, le obliga a elegir la tendencia más afín a su individualidad.
Un acontecimiento político del cual es testigo, y que le impresiona fuertemente, lo lleva dos años, en Centroamérica, a revisar su elección anterior, concretada en el proyecto de los Cuentos nuevos, de filiación realista-naturalista. Me refiero a piezas narrativas como “El Dios bueno”, “Betún y sangre” (ambas antibelicistas), “La novela de uno de tantos” y “Rojo”. Pero ese proyecto resulta raté (es decir, fracasado) y Darío retorna a la actitud esteticista de Azul…
El acontecimiento que Vargas Llosa señala no fue otro que el sangriento golpe de Estado del militar Carlos Ezeta al presidente salvadoreño Francisco Menéndez el 22 de julio de 1890. Tal es el resumen ––simplista y superficial–– de su tesis que, en su única edición de 2001, la prologó Américo Mudarra Montoya y fue precedida del discurso que pronunció el peruano universal al recibir el doctorado honoris causa en la Universidad Nacional de San Marcos. “Darío ––concluye–– no olvidó nunca a Zola, merced al cual, en cierta forma, se encontró a sí mismo”.

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