Ambos, error e ilusión, son motivo de disquisiciones filosóficas y no parecen temas apropiados para figurar en un modesto artículo que pretende aportar ideas al complejo panorama político que enfrenta el Perú.
Sin embargo ambos términos parecieran tener como destino directo, aunque no único, la realidad política. Realidad, como pocas, subordinada al error y la ilusión. En este caso ayudada por medios de comunicación maridados con intereses económicos y por redes sociales enardecidas en la que cada uno, sin pensarlo dos veces, siembra, junto a muchas críticas objetivas y justas, una enorme cantidad de prejuicios y frustraciones personales.
¿Son conscientes quienes indignándose con el horror de la política lo retroalimentan permanentemente haciéndose eco de cualquier hecho que roce levemente el sitio adonde a ese ciudadano le aprieta el zapato? ¿Cuántas personas tienen el coraje de objetar su propio pensamiento?
¿Cuántos gozan de la información suficiente sobre los asuntos planetarios que subordinan, guste a no, el futuro económico del Perú? ¿Hasta cuándo deberemos escuchar a políticos y no pocos periodistas decir, como disonantes cacatúas, “en tal año crecimos tanto porque estaba tal gobierno”, en lugar de decir “en tal año crecimos tanto porque el oro y el cobre estaban por las nubes”?
Más allá de aciertos y errores casi folklóricos en un país donde la educación y la salud avergüenzan, debemos decir con todas sus letras, en castellano, en quechua, en aymara y en las lenguas amazónicas, por qué carajo no se invirtió donde se debió invertir durante la época de las vacas gordas.
¿En qué carajo estaban pensando los burócratas de turno cuando teniendo la oportunidad de iniciar un proceso de transformación profundo, optaban por infames cambios cosméticos para que nada cambiara?
Afirmamos haber crecido y nadie parece dudarlo. Error monumental, crecieron determinados sectores que crearon y alimentaron la ilusión de que todos estábamos mejor. Y la distancia entre lo que crecieron unos y lo que crecieron otros es tan grande que la brecha entre pobres y ricos sigue siendo una dolorosa asignatura pendiente.
Además, una prensa satisfecha, bombardeando diariamente a las neuronas por los ojos, los oídos y las emociones, refuerza cualquier ilusión y con ello el ciclo se completa. El “crimen perfecto” como algunos han llamado al despelote neoliberal, hizo lo que tenía que hacer: convencer a sus desposeídos que las cadenas y la miseria ya no existían.
“Crecemos”, exclamaban políticos, empresarios y periodistas mientras miraban a sus familias y a sus piscinas y ese plural, ese glorioso (para pocos) y mentiroso plural, no era otra cosa que una inclusión simbólica, puramente simbólica, de los que han vivido, viven y, por lo que parece, vivirán, pagando los platos rotos.
Para superar esta etapa primitiva, por su incapacidad para hacer justicia y permitir una vida digna al conjunto de la población, serán necesarias inversiones cuantiosas en educación, que es donde realmente se debe invertir para cambiar la historia. Solo la educación nos permitirá, como dice el filósofo francés Edgard Morin, “identificar el origen de errores, ilusiones y cegueras”.
Solo con ella construiremos ciudadanía responsable. Ciudadanía que jamás respaldaría un Tratado infecto contagioso como el TTP que tiene el visto bueno del Ejecutivo peruano.
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