domingo, 7 de febrero de 2016

César Acuña, autor de “El Quijote”


Cunden las críticas a César Acuña por numerosos plagios que se le enrostran. Los académicos y los panteoneros ignoran que nuestro compatriota es autor (o coautor) de un texto de valor universal: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.
En realidad, cuando Acuña habló de la Mancha se refirió a la Universidad “César Vallejo”. Su aversión a leer libros lo explica en el libro célebre por el tío aquel que se pasaba las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio leyendo libros de caballerías.
Pueden surgir pedantes que nieguen a Acuña la autoría que reivindico. Sé que por ahí circula la versión de un gaucho pampeano, un tal Jorge Luis Borges, según el cual un señor francés Pierre Menard es el auténtico padre de don Quijote y Sancho Panza.
He revisado el alegato de Borges y he llegado a la conclusión de que Pierre Menard fue, él sí, un plagiario.
Vean ustedes amigos lectores si la siguiente justificación de Borges respecto a Menard no es aún más válida en pro de Acuña:
“No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo —cuando no un párrafo o un nombre— de la historia de la filosofía. En la literatura, esa caducidad es aún más notoria. El Quijote —me dijo Menard— fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis patriótico, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es una incomprensión y quizá la peor.
“Nada tienen de nuevo esas comprobaciones nihilistas; lo singular es la decisión que de ellas derivó Pierre Menard. Resolvió adelantarse a la vanidad que aguarda todas las fatigas del hombre; acometió una empresa complejísima y de antemano fútil. Dedicó sus escrúpulos y vigilias a repetir en un idioma ajeno un libro preexistente. Multiplicó los borradores; corrigió tenazmente y desgarró miles de páginas manuscritas. No permitió que fueran examinadas por nadie y cuidó que no le sobrevivieran. En vano he procurado reconstruirlas.
“He reflexionado que es lícito ver en el Quijote ‘final’ una especie de palimpsesto, en el que deben traslucirse los rastros —Tenues pero no indescifrables— de la “previa” escritura de nuestro amigo. Desgraciadamente, sólo un segundo Pierre Menard, invirtiendo el trabajo del anterior, podría exhumar y resucitar esas Troyas…
“Pensar, analizar, inventar (me escribió también) no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia. Glorificar el ocasional cumplimiento de esa función, atesorar antiguos y ajenos pensamientos, recordar con incrédulo estupor que el doctor universalis pensó, es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie”

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