Nos queda una sola bala
Por Juan Carlos Tafur
Si nuestra clase política se elevase algunos metros por encima del nivel de sus intereses menudos, probablemente podría percatarse de que transita por un momento-etapa límite y podría darse cuenta de que ha estirado al máximo los cauces por los que se desenvuelve, que los mismos ya no dan para más y si no se sale de ellos y los transforma, será víctima de su desplome.
Los grandes desafíos de la transición estrenada el 2000 no han sido cubiertos. Alejandro Toledo, Alan García y Ollanta Humala han fracasado en términos de las tareas que estaban históricamente obligados a emprender: la consolidación del modelo económico, la creación institucional de la democracia y la edificación de un Estado mínimamente viable.
El peor de todos, sin duda, ha sido García, quien gozó de arcas fiscales llenas, precios internacionales jamás vistos y paz política para poder hacer lo que le correspondía, pero tampoco Toledo y Humala se salvan del severo juicio de la historia por su medianía y cortedad.
La elección de hace cinco años ya advertía el fracaso de la transición post Fujimori. La mitad de peruanos quería regresar a los 90 y la otra mitad, peor aún, a los 70. Las banderas de continuidad habían sido arriadas por completo.
La presente coyuntura electoral puede ser, quizás, la última oportunidad de reenganchar la apuesta republicana por una vía democrática de libre mercado.
Porque si quien llegue al poder el 28 de julio recae en la inercia mercantilista de la economía, prolonga la precariedad democrática y sostiene un Estado absurdo que no funciona para las mayorías, le abrirá la puerta triunfal a los aventureros antisistema que hoy parecen cancelados, pero que aguardan, listos para reaparecer, al son de un nuevo fracaso reformista.
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