Sabado, 11 de enero de 2014 | 4:30 am
Bastó una pregunta de la periodista Josefina Townsend al Presidente Ollanta Humala para destapar la caja de los truenos de un feroz debate, que permanecerá abierto por buen tiempo. Towsend consultó a Humala por unas declaraciones de Mario Vargas Llosa, que ese mismo día había afirmado que en el Perú se está produciendo una peligrosa concentración de medios, que resulta “una amenaza potencial muy grande contra la democracia”. El Presidente evitó cualquier salida diplomática, dio la razón al Premio Nobel de Literatura, y dijo: “Es una vergüenza que en el Perú estemos teniendo un grupo que sea prácticamente el dueño de los medios de comunicación. Es peligroso para la libertad de expresión”.
La respuesta del grupo El Comercio, blanco de estas opiniones luego de la compra el año pasado de Epensa, que le ha dado el 78% de la participación en el mercado de ventas de la prensa escrita, fue bastante clamorosa. Quizá pensando en someterlo a una “muerte civil” −como le ocurrió por años al APRA−, ninguno de sus diarios había entrado hasta entonces en este debate, ni siquiera luego de la acalorada discusión que generó en la última asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa y de que ocho periodistas interpusieran una acción de amparo contra la adquisición. Pero desde que Humala habló el último domingo, buena parte de sus cuantiosas fuerzas y recursos se ha destinado a contradecir y desprestigiar a sus críticos.
Como era de esperarse, el propio Presidente recibió las primeras respuestas. Para El Comercio, Humala había lanzado una velada amenaza contra la libertad de expresión y abierto el camino hacia una deriva autoritaria, cuando en esa misma entrevista dijo: “No podemos hacer negocio con la libertad de expresión, que ha costado vidas para la conquista de este valor y ahora lo vuelven como una empresa. No es ilegal. Ahorita no es ilegal”.
La frase fue ciertamente ambigua y torpe, pero el Presidente se apresuró en precisarla ante las dudas, afirmando que solo había planteado una opinión en concordancia con la de Vargas Llosa y otras personas, y que de ninguna manera su gobierno supondría una amenaza a la independencia de los medios. A El Comercio no parecieron importarle las aclaraciones, y ha insistido en que esta es una pelea donde podrían definirse la salud de la democracia peruana y el destino de la prensa libre. Quizá una repregunta de la periodista que representaba al grupo en la entrevista habría aclarado las cosas, pero ella prefirió hacerse la desentendida.
Josefina Towsend tampoco se salvó de las iras de El Comercio. Con una ligereza que no toleraría en el más bisoño de sus practicantes, sin presentar una prueba ni contrastar su opinión, fue Fritz Du Bois, el propio director del diario, quien la acusó de haber actuado “en contubernio” con el Presidente, para permitirle atacar de mala manera a los medios de comunicación que no son de su agrado. Al hacerlo a Du Bois no parecieron importarle mucho la veracidad de sus dichos, ni los principios rectores de su propio medio, que prohíben semejante arbitrariedad. Tampoco que la pregunta tenía un indiscutible interés público (tanto que no se ha hablado de otra cosa esta semana), ni que quien la formuló ha demostrado ser inmune a imposiciones de esta clase, como cuando prefirió hacer públicas sus discrepancias y luego renunciar a Canal N −también propiedad del grupo El Comercio, donde conducía el exitoso noticiero central−, antes que aceptar una línea editorial que en las últimas elecciones presidenciales empezó a torcerse.
Esta clase de ataques no ha parado allí, y se ha hecho frecuente. Para los columnistas de El Comercio y sus diarios satélites, quienes hablan de concentración de medios lo hacen en nombre de intereses pequeños y mezquinos, y nunca por principios ni verdadera convicción. Debe ser muy triste tener en tan baja estima al género humano, y no poderle reconocer una dimensión ética aunque sea excepcional, e ignoro si es parte de algún proceso de transferencia psicológica. Sí me queda claro que, en lugar de desprestigiarlos, la larga lista de insultos publicados (“resentido”, “despechado” o “velasquista”, por citar unos pocos) ha terminado más bien dándole la razón a los críticos de este poderoso conglomerado mediático, al desnudar la prepotencia e intolerancia que parecen inspirar algunos actos de quienes lo ahora comandan y de sus operadores.
Quienes defienden la altísima participación en el mercado de El Comercio afirman que esta es resultado de una política empresarial inteligente y audaz, y que son los lectores quienes todos los días les dan la razón. Soy de los que piensan que el éxito bien logrado debe ser aplaudido, y que la competencia en un libre mercado hace mejores a las empresas y favorece al público. No dudo que El Comercio haya hecho méritos sobrados para alcanzar semejante liderazgo (yo mismo trabajé en el grupo desde 1999, cuando otra dirección sembró los cimientos de la actual bonanza con una visión bien distinta a la actual), pero me temo que esta no sea la discusión que se ha planteado.
No estamos hablando de penalizar al exitoso, como maliciosamente se pretende hacer creer. Tampoco de una ley de medios que fije pautas sobre algunos contenidos, como la que equivocadamente ha planteado el congresista Manuel Dammert. El verdadero debate es muy distinto, y se centra en el cumplimiento del artículo 61° de nuestra Constitución Política, que pensando en la importancia de la formación de una opinión pública a partir de una oferta informativa plural, prohíbe la exclusividad, el monopolio o el acaparamiento a cualquier empresa periodística. (Son mercados bastante más grandes que el peruano, pero para hacernos una idea en una democracia como Francia una empresa o persona no puede controlar periódicos cuya circulación supera el 30%. En Italia el límite es aún menor: 20%).
¿Infringe El Comercio el artículo 61° de la Constitución? ¿Lo habría infringido La República, que pretendió comprar antes Epensa? Será el Tribunal Constitucional quien lo resuelva, con criterios técnicos, o quizá luego la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Mientras tanto, por más apasionado que sea, no dudo de que hace muy bien un debate como el que vive el país, aunque a algunos les irrite. Porque permite contrastar opiniones y desenmascarar de paso algunas caretas.
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