miércoles, 8 de enero de 2014

Magnicidios

JAVIER VALLE – RIESTRA
Estuve en USA y compré libros sobre magnicidio (“Theodore Roosevelt and the Assassin”; “The Assassination of the Archduke”; y “La Biografía de John Wilkes Booth”, asesino del Presidente Lincoln). En el Perú solo han existido dos. El primero, del presidente Balta, asesinado en el cuartel San Francisco donde estaba prisionero de los cuatro hermanos Gutiérrez, coroneles militaristas usurpadores del poder. Como Silvestre Gutiérrez, murió en la Plaza San Juan de Dios, hoy Plaza San Martín, la mañana del 26 de julio de 1872, en una de las escaramuzas de resistencia ocurridas, se reconoció que, en represalia,
Marceliano, el más brusco e ignorante de los Gutiérrez, dispuso el asesinato de Balta. Según se comprobó en juicio posterior, los oficiales Nájar, Espinoza y Patiño, lo ejecutaron mientras dormía. Dijeron haber cumplido órdenes de Marceliano. La noticia de la muerte del presidente causó tanta conmoción entre la población limeña, que no descansó hasta hacer justicia con sus propias manos. Tomás, quien se refugió en una botica del Jirón de la Unión, fue capturado, linchado y su cadáver arrastrado y mutilado. Marceliano fue emboscado en el Callao y murió combatiendo a las masas legalistas. Los cadáveres de Silvestre y Tomás fueron colgados desnudos en las torres de la Catedral y luego arrojados a una hoguera encendida en el atrio del mismo edificio, sumándose horas después el cadáver de Marceliano, traído a rastras luego de ser desenterrado del cementerio chalaco. Marcelino fue el único que se salvó, auxiliado por amigos.
Y el segundo caso fue el del tirano Sánchez Cerro, muerto por el compañero Abelardo Mendoza Leyva (natural de Cerro de Pasco), en la mañana del 30 de abril de 1933. Aquel día, Sánchez Cerro pasaba revista a las tropas que iban a combatir en el conflicto con Colombia y que desfilaban en el Hipódromo de Santa Beatriz (hoy Campo de Marte). Al retirarse en su vehículo descapotado y con escolta, Mendoza, armado con una pistola, se precipitó hacia él y subiéndose al estribo del coche le disparó por la espalda varios tiros. Herido de gravedad, fue llevado de emergencia al Hospital Italiano, ubicado en la avenida Abancay, y tras dos horas de agonía, falleció.
Sánchez Cerro, era un déspota, responsable del fusilamiento de seis mil apristas en Trujillo en julio de 1933.Al restaurarse el orden constitucional, el vice Presidente Francisco Diez Canseco, dijo: “habéis realizado una obra terrible; pero, una obra de justicia”.

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