sábado, 11 de enero de 2014

LIBERTAD DE PRENSA Y UNIVERSIDAD

Hace cerca de quince años El Comercio publicó en la primera página de su sección cultural un artículo de opinión con el título "La nueva universidad". Ahí se alertaba sobre los peligros de los nuevos negocios universitarios, distinguiendo entre una universidad dedicada a cultivar la vida del espíritu, las ciencias, las humanidades y las artes, y un negocio dedicado a vender educación superior.

La distinción no es difícil de establecer. Mientras la Universidad Católica subsidia sus actividades académicas invirtiendo en bienes raíces y otros negocios, un comercio como la UPC vive de sus matrículas y debe generar utilidades con ellas. El artículo subrayaba esta diferencia atendiendo al tamaño de la biblioteca de cada institución, ya que la inversión en libros y revistas especializadas –cientos de miles de libros y miles de revistas como hay en cualquier universidad real de calidad mediana en cualquier parte del mundo– es muy costosa, prohibitiva para un negocio de educación superior.
Todos nos hubiésemos beneficiado entonces de un debate libre sobre nuestra educación superior, cuando habían solamente unos cuantos negocios universitarios. El actual proyecto de ley universitaria intenta subsanar ahora la situación generada por la proliferación de estos comercios. En mi opinión, el proyecto se equivoca porque no entiende la diferencia fundamental que hay entre un negocio y una verdadera universidad, y crea un sistema universitario nacional que ni logrará mejorar la calidad de los negocios ni los convertirá en universidades reales, ni servirá tampoco para ayudar a las verdaderas universidades a cumplir con sus funciones propias.
Necesitamos una nueva ley universitaria; la venimos necesitando desde que Fujimori permitió que existan negocios de educación universitaria y le quitó apoyo a las auténticas universidades públicas y privadas. La ley debe partir de esta diferencia, crear mecanismos de apoyo económico para estas últimas y dejar que sea el mercado el que regule a las primeras. Esto supone eliminar los títulos a nombre de la nación y establecer procedimientos independientes de certificación profesional.
Regresemos, sin embargo, al artículo de hace quince años. Se trataba del primero de una serie invitada por la editora de la sección cultural de El Comercio. Dado el impacto que tuvo, uno supondría que el diario estaría interesado en continuar contribuyendo a la discusión de un tema tan importante para la cultura nacional. No fue así. Contra la opinión de su editora la dirección decidió, más bien, cancelar la serie y no publicar "más sobre ese tema" no sin antes sacar una respuesta de un promotor de la UPC en la cual se decía, entre otras sandeces, que las computadoras habían desplazado a los libros y que las bibliotecas ya no eran necesarias. Unos años después habían cambiado nuevamente de opinión y publicaban una columna de Carlos Montaner en la que afirmaba, grotescamente, que en su década y media de existencia la UPC había contribuido más a la cultura nacional que San Marcos en cuatrocientos cincuenta años.
No sé qué motivó esta conducta de El Comercio. Es posible que no haya habido en ningún momento injerencia alguna por parte de intereses venales en la determinación de qué publicar. Es posible que esas decisiones se hagan con criterios exclusivamente profesionales aunque ineptos y sin interferencia alguna por parte de intereses económicos. Algo así parece que quiere hacernos creer el director actual de Perú21 con su editorial del jueves y en una reciente entrevista que le concedió a Diario16. Lo que sí es claro es que las apariencias son otras. Y todos sabemos que las apariencias no siempre engañan.
El miércoles El Comercio anunciaba, a gritos, que el ex-premier Salomón Lerner pedía "regular contenidos en medios de prensa". Pero por otros diarios uno podía enterarse que Lerner, tal vez sin la contundencia y el cuidado que requiere este asunto ahora, había dicho: "no [pido] regular los contenidos". El jueves El Comercio nuevamente mencionaba un "pedido de Lerner para regular contenidos". Increíblemente, al final de la nota respectiva reconocían haber recibido una carta del mismo Lerner en la que reiteraba que él "jamás pretendería que un poder externo quiera regular el contenido de algún medio." Supongo que para el ingenuo director de Perú21 es el mero profesionalismo de los redactores y editores de El Comercio el que explica el titular del miércoles y la incoherente nota del jueves.
La concentración de medios de prensa es un asunto que merece ser tratado abierta y desinteresadamente. Cómo medir esa concentración, cuáles son o podrían ser sus efectos sobre la libertad de expresión y de empresa, cómo se relaciona con la distorsión oligopólica o monopólica del mercado, cómo se enfrenta este tema en países en donde hay una larga tradición de libertad de expresión. Es de interés nacional y de sentido común examinar públicamente y sin retórica temas semejantes. Un ejemplo de cómo hacerlo lo da ayer César Landa en una entrevista en La República.
El desarrollo no es cuestión únicamente de crecimiento económico y distribución de ingresos. La discusión sobre la universidad o sobre la concentración de medios pone en evidencia la perversión de nuestra vida política. Las palabras no tienen valor. Lo único que importa es defender y avanzar los intereses propios. No existe un espacio en el que los peruanos los dejemos de lado para hablar limpiamente sobre los intereses comunes. Desde esta perspectiva, la distinción entre izquierda y derecha importa poco. En la práctica, liberales y marxistas van de la mano; todo es cuestión de sacar ventaja de cualquier manera.
Para crear una cultura de confianza debemos comportarnos cada cual con honestidad y equidad, reconociendo que la sola finalidad de la política es el bien de todos, y exigiendo lo mismo de nuestros actores públicos. Denunciemos a quienes manipulan la verdad, buscando deslegitimar a la persona mientras ignoran o distorsionan sus argumentos, abusando del poder, hablando con medias verdades y terceras intenciones. Escojamos nuestros aliados no porque piensen como nosotros sino por su honradez y su integridad, y seamos intolerantes con todo el resto.

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