Entre los países no existen enemigos naturales. Tampoco amigos naturales. La amistad y la enemistad dependen de la manera como los países definen sus intereses en cada periodo histórico o en cada coyuntura concreta.
Abundan los ejemplos en que una enemistad secular entre dos países se ha convertido en una amistad creativa y fecunda. El que nos toca más directamente es el de nuestra relación con el Ecuador. Después de décadas, casi siglos de conflictos, incluso bélicos, de desconfianzas y susceptibilidades, el Ecuador y el Perú (en parte gracias a Alberto Fujimori) fueron capaces de construir una relación ejemplar. Algo similar podría decirse de la relaciones entre Chile y Argentina.
Por tanto, Chile y el Perú no están condenados a ser enemigos. Jorge Basadre escribió a comienzos del los años 30 que a la larga el Perú y Chile tendrían una relación de cooperación, sin rencores. Como recuerda Basadre, es lo mismo que pasó entre España y el Perú luego de un siglo XIX en que España era objeto natural de nuestros malestares y odios.
Todo esto sea dicho para tener en mente que el próximo 27 de enero puede significar una fecha clave en las relaciones bilaterales entre Chile y el Perú. Una vez conocida y ejecutada la sentencia hay un espacio enorme de posibilidades de cooperación, incluyendo materias tan diversas como la pesca y la electricidad.
La buena relación entre el Perú y Chile no solo corresponde a los intereses de ambos países sino que, además, puede tener un efecto en todo el proceso de integración regional. Y, particularmente puede servir al mejoramiento de las condiciones de vida en la zona fronteriza.
En este marco el Perú debería, por ejemplo, construir un moderno ferrocarril Tacna-Arica que facilite el movimiento migratorio en esta frontera que representa más de 5 millones de tránsitos anuales. Dada la creciente relación entre Tacna y Arica, este tren funcionaría como un tren urbano para ambas ciudades, además de tren regional. Incluso los trámites migratorios podrían realizarse en el trayecto del recorrido. No hace falta destacar la importancia y el impacto que esto podría tener para el comercio, la gastronomía y los servicios, de salud y otros, que ofrece Tacna.
En la misma perspectiva debíamos darle un uso al terreno del Chinchorro, propiedad peruana en Arica, que podría constituirse en elemento cultural emblemático de la presencia peruana en dicha ciudad y contribuir al ornato y desarrollo urbano.
Finalmente, cabría erigir un monumento o establecer un espacio que sirviera como expresión física y tangible de la voluntad de ambos países de fortalecer su cooperación y proyectarla al servicio de América Latina.
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